Chupinazo 2010

6 de julio. Tras el tradicional almuerzo en el Olaverri, las ordas vikingas, previa máxima exhibición de hiperventilación por inflamiento de las pelotas corporativas y tras la ya tradicional carrera en pos de la plaza del ayuntamiento, siempre en dirección contraria al gentío, se adentraron en la Plaza del Ayuntamiento para rendir homenaje pañuelico en mano al inicio de las fiestas. El azul pelotero se mezcló con el rojo y blanco de la multitud en una nueva gesta vikinga.

Al grito de Viva San Fermín,Viva la Peña Vikinga y Viva España los distintos grupos de Vikingos se dirigieron a ocupar sus respectivas ubicaciones. Maese Ahorcaperros acompañado siempre de Zarigueyo y de Rabisaco y en esta ocasión del simpatizante y futuro vikingo Willy se dirigieron a las cercanías del balcón del ayuntamiento, donde el confidente una vez más quiso besar el suelo pamplonés para confirmar que el empedrado siguiese en su sitio. El resto de los vikingos se situaron en los límites de la plaza para disfrutar con las vistas de esa marea de pañuelos rojos. Mientras, Comegimlis, tras paseo por los alrededores de la plaza se preparó para esperar al resto de los Maeses, esta vez sin la compañía de Chistorrita, que se vió encajonado en el tradicional baño de champán dentro de la plaza. Maese Calamar ha rescatado las imágenes adjuntas de los maeses en la plaza.

Tras el reencuentro de todos los vikingos, los abrazos preceptivos y la alegría por volverse a encontrar el día del chupinazo en Pamplona, la jornada continuó con la travesía por la ciudad, cumpliendo con el preceptivo bautizo de los novatos, semilla vital de la fidelización a los colores de la peña. Pelos, Willy y Mario aceptaron encantados su iniciación. La gira posterior incluyó míticos lugares como el Otano, Hilarión o Casino, donde se sucedieron las roturas de camisetas, los brindis, las avalanchas, los manteos e incluso la pérdida de algún vikingo que tuvo que descansar en el Iruña a la espera de sus compadres….hasta el merecido descanso de parte de la expedición. La otra parte, al grito de autoinmolación decidió empalmar, sin consulta a su propio cuerpo y constantes vitales, con la postrera cena vikinga.

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